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Hace un par de años, mi maestro José Castorena y yo, hemos comenzado con la enseñanza rítmica (cada 6 meses) del masaje Tailandés en Medellín, Colombia y en otros lugares del planeta. La respuesta de los alumnos ha sido más que impresionante, este trabajo impacta el alma y el cuerpo, lo transforma. “De aquí no saldrás igual a como entraste”, dice Pepe, y asi es…

Para el primer nivel de los tres del diplomado completo, viene gente de todo tipo: profesores de yoga, terapeutas, personas que están re-encausando su vida, personas que están pasando por dificultades y quieren hacer algo diferente, entre otras. De cualquier forma, el primer día es un día de mucha curiosidad y energía. Desde que comienza el curso, se ve claramente como es la persona en su vida cotidiana: cómo respira, cómo se mueve con su cuerpo y la relación con el otro, cómo es su forma de tocar, de poner atención, de recibir la información nueva… un montón de detalles que trabajan como una radiografía que no miente. Al cabo de tres días, de trabajo intenso y continuo, los dragones y monstruos de cada persona comienzan a florecer. En la sala se siente el cansancio físico y mental, el sudor, los dolores de rodilla, de espalda, de cuello, etc. que van floreciendo de tensiones acumuladas.

Hay que recordar que el masaje Tailandés antes de ser un arte es una técnica. Se comienza a llegar al límite del deseo de que te toquen mas y tocar mas, hasta las uñas duelen. Hay otros alumnos que se les escucha constantemente el “ah” de la sorpresa, porque encuentran en la técnica y en el compañero alguna respuesta para sus vidas. Comienzan quizá a salir lágrimas, egos, frustraciones, ganas de retirarse, etc… pero luego, las dinámicas lúdicas, creativas, las meditaciones y las danzas que acompañan las largas jornadas de enseñanza y aprendizaje, nos ayudan a re-conectar con la intención y el por qué estamos estudiando sumergidos en esta técnica maravillosa milenaria.

Se acerca el final de la semana y el final del curso… Las caras brillan, las espaldas están re-colocadas. Entre los alumnos no hay nada más que decir, sino tocar y entregarse. Aprender a dar y a recibir con compasión y humildad es quizá la enseñanza más grande que se puede sacar de aquí. Aprender a escuchar y a reconocer al otro como un espejo. La gratitud inunda el salón. Hay abrazos, juegos, intercambios de información. El encorvado tiene más espacio en su pecho. La acelerada respira ahora con más lentitud y consciencia, el impaciente encontró la llave, y el que había llegado con su autoestima por el suelo lo ha logrado!

El masaje Tailandés ahora sí es un ARTE, un arte de vivir, de vivir contigo mismo y con el otro. El tacto consciente es un acto transformador, un acto sagrado.

 

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