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El cielo se pinta de destellos de oro y parece que las montañas sacaran a pasear sus esmeraldas y demás tesoros. La sinfonía del día comienza a guardar sus flautas y tambores para dormir y dejarle espacio al goce y al descanso. Hay quietud en el ambiente y los huertos se silencian.

Los sentidos están abiertos y libres. El olfato viaja de cerca a lejos y no sabe si quedarse con el dulce aroma del Jazmín, el Tilo, o el Magnolio, … hay embriague… embriague dulce, elíxir.

Cada día, en cada esquina hay un regalo, un diamante.
Abro los ojos a la gratitud y sólo eso ya hace que se desencadene la abundancia… la gratitud en lo sencillo, en lo mundano, en el detalle. “La gratitud es el estado más elevado del Yogui”, dice el maestro Y. Bhajan. Yo, no limitaría esto al Yogui, creo que la gratitud es el estado más elevado del ser, porque es en la gratitud donde me siento UNA con la Madre, con el aire que respiro, y me siento plena, sin piel, sin pensamientos…UNA.

Hace poco una hermana me dijo: “Sabías que nuestros océanos fueron creados gracias al choque de dos asteroides que aun están girando?” Imaginármelo fue casi imposible y una vez más sentí que el día a día es un milagro.
Gracias Madre por tu constante abundancia.

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